
Estado de sitio
Hay momentos donde uno deja de sentirse habitante de sí mismo.
No hablo únicamente del cansancio físico ni del desgaste cotidiano. Hablo de esa fractura silenciosa donde incluso las cosas más simples comienzan a sentirse hostiles: abrir los ojos, responder mensajes, sostener pensamientos completos, tolerar la propia consciencia despierta.
La depresión y la ansiedad tienen algo particularmente cruel cuando llegan después de meses buenos. Uno empieza a creer que quizá ya aprendió a sostenerse mejor, que el tratamiento, el trabajo interno y el tiempo finalmente acomodaron ciertas piezas. Y entonces ocurre una recaída.
No siempre explosiva.
A veces apenas perceptible al inicio.
Primero desaparece el entusiasmo. Después la claridad. Luego la energía. Hasta que un día te descubres sobreviviendo desde funciones mínimas, intentando aparentar normalidad mientras por dentro todo se siente saturado.
Y lo más complejo no es el dolor en sí.
Es la extrañeza.
Reconocer que existen versiones de uno mismo capaces de pensar, sentir y habitar el mundo de maneras completamente distintas. Versiones que normalmente permanecen lejos. Versiones que uno preferiría no visitar tan seguido.
Hoy me tocó encontrarme con una de ellas.
No escribo esto buscando dramatizar el sufrimiento ni romantizar el colapso emocional. Tampoco para generar preocupación innecesaria. Lo escribo porque ocultarlo me haría sentir todavía más distante de mí mismo.
A veces compartir el estado real de la mente también es una forma de honestidad.
Y quizá la honestidad, incluso rota, incluso cansada, sigue siendo una forma válida de permanecer.
Comments are closed