Después del asedio (sin abandonar el templo)

Ruta

Después del estado de sitio no llegó la paz.

No apareció una versión más fuerte de mí ni una revelación que acomodara el ruido.

Lo que llegó fue algo menos espectacular y quizá más difícil:

volver a verme.

Me reconozco agotado, insatisfecho, profundamente decepcionado y más débil que nunca.

Mucho más vulnerable.

Me observo.

Silencioso por el aturdimiento en mi cabeza.
Alterado, con los ojos enrojecidos.
Habitado por versiones de mí que suelo invitar solo a mi mesa y a ninguna otra.

Son parte de mí.
No se disuelven.
Esperan.

Y cuando vuelven, exigen ser nombradas.
Reconocidas en su forma más desnuda.

El odio llega como hambre insaciable.
Como una sed antigua.
Con el ansia esperando en la puerta,
ese néctar se revela agridulce,
igual que el aroma dulce de la muerte y la putrefacción.

Me discipliné sobre el quehacer adecuado.
Sin resultado.

Probé aceptar lo que es.
Sin resultado.

Entonces, por instantes,
saboreé el odio y el egoísmo absoluto de mi ser.

Y hubo algo inquietante en ello:
una plenitud breve al abrazar tanta oscuridad.

No como enemigo.
Como verdad.

Me descubrí imaginando el caos,
la devastación,
la agonía,
mis bestias desatadas,
libres haciendo lo suyo.

Y entonces volví.
A mí.
Al templo.

No esperaba encontrarlo intacto.

Encontré ruinas.
Columnas vencidas.
Salones inundados de polvo.
Altares abandonados.

Y una parte de mí quiso permanecer ahí.
Acostarse entre los restos.
Cerrar los ojos.
Dejarme consumir.
Aceptar la inanición como una forma cobarde de desaparecer.

Pero seguía de pie.
No firme.
No ileso.
No victorioso.
Solo de pie.

Con los pies hundidos entre escombros y la consciencia todavía encendida.
Y entendí algo.

Quizá integridad no significa reconstruirlo todo.
Quizá primero significa no haber cedido en lo absoluto.
No abandonar el templo aunque ya no se parezca a aquello que fue.

Sé que sanar no consiste en exiliar la oscuridad.
Ni cerrar el paso.
Ni encender suficiente luz para ocultarla.

He tratado de orientarme como un ser capaz de mirar aquello que le habita sin vergüenza
y decidir, una y otra vez,
qué hacer con ello.

Consciente de mi oscuridad,
me reconozco y decido orientar su potencial al aporte propio y del prójimo.
Como práctica.
No como fin.

Elegir libertad sin indiferencia.
Respeto sin sumisión.
Confianza sin ingenuidad.
Comunicación sin violencia.
Reciprocidad sin contabilidad emocional.

No porque siempre pueda.

Sino porque incluso en los días donde apenas permanezco,
todavía puedo elegir la dirección mientras me albergue la consciencia.

Y mientras permanezca,
decido ser mejor ser humano a cada momento.

Aunque sea una decisión tomada desde la noche y la enfermedad.

El contenido de este texto fue posible redactarlo gracias a una persona muy valiosa para mi que nos dió la oprtunidad de conversar el día de hoy. Me hizo una pregunta muy específica y de ahí la reflexión.

Aún así, debo reconocer que esta publicación se la dedico en agradecimiento a una persona muy valioisa para mi, me compartió su sentir acerca de la publicación anterior, leyó entre lineas sin ninguna explicación, me lee desnudo a traves de mis letras ofuscadas. Me comentó que se quedó esperando más.

Sin más, para ti: No pretendo «llenar» tu expectativa porque sé que no la tienes, agradezco el valor que me asignas y te reitero el privilegio de coincidir y deseo que mi compartir nos sea de aporte en el vínculo humano que construimos.

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