Que incómodo
mirar el conflicto.
Resulta un malestar
atestiguar la desdicha ajena.
Produce terror
imaginar esa experiencia en nuestra propia carne,
la crueldad con que golpea
cuando esa realidad es propia.
Y entonces lo más “sano”
o quizá lo más cobarde
es mirar hacia otro lado.
Como si tomar distancia
disolviera lo que sucede.
Como si negar el testimonio
bastara para expulsarlo de mis circunstancias.
Evadir.
Como si la desgracia fuera una ilusión
capaz de extinguirse
por negación
o indiferencia.
Entonces aparece la pregunta:
¿Qué puedo hacer yo
contra el poder que sostiene esos crímenes?
¿Mis decisiones sirven?
¿Mis acciones alcanzan a tocar la vida de otro ser?
Si aún sigues sin hacer nada al respecto,
quizá ya tienes una respuesta.
Pero si por un instante
consideras otra posibilidad,
hago una propuesta:
Deseo puedas sumar la tuya.
Primero: ser humano.
Ejercer la consciencia.
Atender con empatía
y vulnerabilidad
la desgracia de otros.
Después: nombrar.
Visibilizar que la violencia existe,
que la violación de derechos humanos existe,
que ocurre sobre cuerpos reales,
sobre vidas reales.
Y participar,
desde el campo de acción que habites.
No por satisfacerte.
No por heroísmo.
También para evitar convertirnos
en cómplices directos
o indirectos
de estructuras que nos reducen
a utilidad.
Quizá llegará un tiempo
en que la maquinaria ya no nos necesite.
Quizá no.
Pero incluso entonces
seguirá existiendo una pregunta más importante:
¿Qué hicimos entre nosotros
mientras todavía podíamos elegir?
¿Dramático?
¿Fatalista? Vamos a lo páctico:
Atrévete primero a mirar.
Después sostén la mirada.
Permanece ante el efecto
de la desgracia ajena.
Reconoce al otro ser.
¿Todavía puedes continuar?
Entonces tiende la mano.
Apoya con lo que tengas a tu alcance
y con voluntad.
¿Pensaste que apoyar humanamente
puede convertirte también en objetivo?
Si el miedo te hace retirarte,
es válido.
Es humano.
Pero si aun así decides permanecer,
si aun así decides aportar,
aunque sea poco,
aunque sea desde el temblor,
quizá ese gesto —mínimo, insuficiente, vulnerable—
sea una de las pocas formas auténticas
de humanidad.
Apoyarnos.
Hasta el final.
Por el bienestar,
la plenitud
y la armonía colectiva.
Primero ser humano.
Después cualquier otra obra.

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