Eres luz en mi oscuridad

Ruta

Hay una fantasía antigua que nos acompaña.

La de conquistar.

Dominar el territorio.
Vencer al enemigo.
Imponer la voluntad sobre el mundo.

Quizá por eso nos impresionan las imágenes de dioses sosteniendo galaxias en las manos o de seres capaces de inclinar el universo a su favor.

Parecen representar la cima del poder.

Sin embargo, mientras más observo esa idea, menos me convence.

Porque el universo rara vez ha sido mi adversario.

Las estrellas no me han declarado la guerra.
Los planetas no han conspirado contra mí.
La noche no busca derrotarme.

Las batallas más difíciles han ocurrido mucho más cerca.

En el miedo.

En la ira.

En la desesperanza.

En el impulso de destruir aquello que amo cuando me siento herido.

En la tentación de abandonarme cuando el cansancio se vuelve insoportable.

He descubierto que gobernar un mundo imaginario resulta sencillo comparado con sostener una dirección cuando todo dentro de uno exige rendirse.

Por eso empiezo a sospechar que el dominio verdadero no consiste en doblegar el universo.

Consiste en ordenarse.

Habitar la propia oscuridad sin convertirse en ella.

Reconocer la violencia que nos atraviesa sin entregarle el timón.

Mirar las ruinas internas y decidir permanecer de pie.

Quizá la mayor expresión de poder no sea controlar lo que existe afuera.

Quizá sea obedecer la dirección que nuestra consciencia reconoce como justa aun cuando nadie nos observa.

Si alguna vez llegamos a gobernar algo, que sea primero nuestra propia voluntad.

Lo demás será consecuencia.

Nota al pie:
A un ser maravilloso que posee la rara capacidad de reconocer la partícula más ínfima de luz en la más profunda oscuridad. Gracias por recordarme que incluso en la noche más extensa existen señales dignas de ser seguidas. 💜

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