Violeta al vacío

Ruta

Hay etapas que no comienzan con una decisión, sino con una sobrevivencia.

No se anuncian: se abren. No llegan limpias: llegan atravesadas por la prueba, por la fractura, por la lenta disciplina de no desaparecer.

“Violeta al vacío” nombra la fase que hoy transito. No es todavía un poema. Es antesala. Es umbral. Es la respiración previa al descenso y al regreso. Es el nombre de una experiencia creativa que nace después de haber habitado la enfermedad mental y de seguir aprendiendo a transitarla con más consciencia, con más herramientas y con una gratitud más honda por seguir vivo.

No escribo esto desde la ignorancia del abismo. Lo escribo después de haber conocido regiones internas donde el pensamiento se vuelve niebla, donde el cuerpo deja de sentirse casa, donde el tiempo pierde su cauce y la existencia misma parece sostenerse apenas por un hilo que nadie ve. He padecido la enfermedad mental no como discurso ni como pose, sino como una realidad que ha exigido de mí vigilancia, humildad, trabajo, acompañamiento y una forma distinta de coraje.

Y, sin embargo, aquí sigo.

No intacto.
No ileso.
No bajo la fantasía de una pureza recuperada.

Sigo aquí de otra manera: más consciente de mi oscuridad, más atento a sus signos, más dispuesto a reconocer mis límites y también mis recursos. He aprendido a leer ciertas sombras antes de que tomen del todo la casa. He aprendido que pedir ayuda no debilita el espíritu; lo orienta. He aprendido que vivir no siempre consiste en avanzar con grandeza, sino en sostener con dignidad los gestos mínimos que impiden la caída.

Por eso “Violeta al vacío” no nombra una obra terminada, sino una transformación en curso.

Es una fase en la que la creación deja de ser solamente impulso o necesidad estética, y se vuelve también método de presencia, rito de reencuentro, ejercicio de verdad. No escribo desde el delirio de sentirme salvado, sino desde una recuperación viva: imperfecta, trabajada, a veces frágil, pero real. Una recuperación que no borra lo vivido, pero sí me permite volver a mirar el mundo sin quedar enteramente devorado por la sombra.

En esta etapa, crear no es producir.
Es escuchar.
Es ordenar ruinas.
Es encender violeta en la materia negra.
Es aprender otra vez el pulso de estar aquí.

Hay algo profundamente sagrado en volver a vivir después de haber rozado zonas internas donde vivir parecía una tarea ajena. Volver a sentir el cuerpo, el deseo, el pensamiento, el vínculo, el temblor de la belleza, no como certezas permanentes, sino como dones que regresan poco a poco. Volver a experimentar una forma posible de salud: no perfecta, no total, no ingenua, pero sí más lúcida, más acompañada, más integrada, más habitable.

A eso llamo hoy salud.
A eso llamo hoy regreso.
A eso llamo hoy gracia.

“Violeta al vacío” es el nombre de ese pasaje: del cruce entre herida y consciencia; entre sombra y herramienta; entre memoria del derrumbe y voluntad de permanencia; entre el haber padecido y el seguir eligiendo.

No romantizo la enfermedad. No la consagro como maestra. No la convierto en adorno de una identidad. Pero tampoco negaré que atravesarla me ha obligado a conocerme de otra forma: con menos soberbia, con más verdad, con una relación distinta con mis límites, mis ritmos, mis signos y mis cuidados.

Hoy agradezco seguir vivo. Agradezco seguir en recuperación. Agradezco que aún haya en mí una llama capaz de volver a nombrar el mundo. Agradezco a quienes me sostuvieron cuando mi voz no alcanzaba. Agradezco a la vida por no haber cerrado del todo su puerta. Y agradezco a la creación, porque incluso cuando no pudo salvarme, muchas veces impidió que me perdiera por completo.

Esta nueva fase no promete pureza.
No promete victoria total.
No promete una luz sin sombra.

Promete algo más verdadero: presencia.
Presencia para mirar de frente.
Presencia para sentir sin desfondarme por completo.
Presencia para crear desde un sitio menos roto.
Presencia para volver, poco a poco, a la experiencia de estar vivo.

Desde ahí comienza “Violeta al vacío”. No como obra cerrada, sino como puerta abierta. No como respuesta definitiva, sino como tránsito. No como himno de perfección, sino como testimonio encendido de alguien que ha conocido la noche y, aun así, elige volver.

“Violeta al vacío” es el nombre que doy a esta fase porque no regreso intacto: regreso consciente.
Regreso con memoria de sombra.
Regreso con herramientas.
Regreso agradecido.
Regreso vivo.

Y esta vez, vivir no es una costumbre:
es un acto sagrado.

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *